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El derecho a la información

Por Juan Antonio Segura *

Al pie del cartón dice: “A pesar de los obstáculos que los conservadores oponen al engrandecimiento y regeneración de México, el supremo gobierno dice: ‘¡¡Adelante!!'”.

Es una imagen atribuida a los Padres de agua fría, donde el presidente Ignacio Comonfort (enflaquecido en esta circunstancia y con barba) está sentado sobre la máquina del progreso (inaugurado el 4 de julio de 1857, el primer ferrocarril en la república que hizo el recorrido México-La Villa). Atropella a Vicente Segura Argüelles, editor de El Ómnibus, a José Joaquín Pesado, redactor de La Cruz y probablemente a Rafael de Castro, redactor de La Patria, así como al redactor de La Sociedad que ya agoniza.

El cartón de hace más de un siglo es un fiel retrato de la vida actual de México. Cambiando sólo algunas pocas circunstancias.
Hablar de la libertad de prensa, es como traer a cuento a la democracia. Una prostituta muy manoseada de la que todos hablan, pero nadie respeta y por consiguiente no existe.

La libertad de prensa va de la mano del derecho a la información. No hay tal libertad, si la información se oculta y sólo sale a la vista de la opinión pública lo conveniente.

El derecho a la información es superar la concepción exclusivamente mercantilista de los medios de comunicación; significa renovar la idea tradicional, que entiende el derecho a la información como equivalente a la libertad de expresión; es decir, libertad para el que produce y emite, pero que se reduciría si ignora el derecho que tienen los hombres como receptores de información. Esto es un punto teórico en la propuesta del expresidente José López Portillo (1976-1982). Pero jamás se llevó a cabo.

Y seguía: La información se considera como un instrumento de desarrollo político y social, como una fórmula por medio de la cual respetar el pluralismo ideológico. Sería la prolongación lógica del derecho que a la educación tienen todos los mexicanos.
Tendría que reconocerse la función para la sociedad de los medios de comunicación social y de los medios de comunicación masiva, es decir, su carácter como instrumento dotado de credibilidad para la realización de la democracia en el país.

Pero esto es letra muerta porque el problema real de los noticieros de televisión es precisamente la comunicación, y a la vez, los de la sociedad en su conjunto. La comunicación es vital. Es una de las condiciones sine qua non de la existencia de una sociedad.

De ahí el desequilibrio que transformó la comunicación en información, en el sentido aristotélico del término, esto es, en imposición de formas. Informar equivale a dirigir dentro de una misma organización social.

Quien controla los medios de comunicación de masas puede –a través de ellos– ejercer un dominio, científicamente comprobado, sobre la sociedad entera. Comunicación y dirección social son homólogas. Son dos formas -complementarias- de expresión del poder.

En la antigüedad clásica, Aristóteles, en su retórica, dejó muy claramente establecido el objeto principal de la comunicación social que es la persuasión. El intento que hace el orador de llevar a los demás a sostener su mismo punto de vista.

En este caso, la información no existe por el sólo hecho de informar, se informa para orientar en determinado sentido. Las ideas de la clase dominante –dice Marx– son también las ideas dominantes en cada época.

Los medios para Herbert Marshall MacLuhan, filosofo canadiense, especialista en teoría de la comunicación, son extensiones del hombre.
Una de las características esenciales de la comunicación de masas es su propósito de alcanzar la máxima audiencia con la mayor rapidez y simultaneidad en el envío de sus mensajes, para así coordinar mejor a los distintos grupos y componentes de la sociedad en torno, como bien lo han aprendido, a los intereses de los dueños de los medios.

Sin lugar a duda, la forma de comunicación cultural más dinámica sigue siendo el periodismo, aunque no se escape de ciertas manipulaciones, pero el lector tiene la opción de escoger el periódico o revista a su antojo.

No por nada, dentro de los espacios televisivos y de la radio (con sus excepciones), hay una infinidad de noticieros a todas horas. Los hombres han sido siempre –decía Lenin– en política (en la extensión de la palabra) víctimas necias del engaño de los demás y del engaño propio.

Por eso para los propietarios de los medios de comunicación masiva, la libertad de prensa es la propiedad, y la consigna de la libertad absoluta es falsa. Y esto lo podemos ver dentro de un ámbito más general.
Los noticieros ocultan su compromiso con los clanes oligárquicos.

Esconden los subsidios que recibe –por diferentes vías– del gobierno neoliberal y de los partidos políticos.

La misión del periódico (léase también como noticieros) –decía Lenin– no se limita a difundir las ideas, a educar políticamente y a atraer aliados políticos. El periódico no es sólo un propagandista colectivo y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo.

De ahí la importancia de bombardear continuamente a los pasivos televidentes con noticieros a todas horas. La libertad de prensa es la piedra angular del concepto neoliberal sobre la comunicación masiva. En esencia, la libertad de prensa es para el uso y provecho de la élite.

No deja de ser la vieja retórica definida por Platón como la conquista de la mente de los hombres por medio de las palabras. Las palabras orales, masticadas para el pueblo que lo mantiene holgazán. Con un ataque directo de información visual que se impone a los individuos con mayor fuerza.

En conclusión, el derecho del pueblo de ser informado es la autojustificación creada por la clase dominante para defender sus propios intereses en materia de comunicación masiva, su derecho a manipularla, su derecho a enajenarla.

* Periodista y escritor.

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