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El estigma como mercancía; locura y enfermedad mental en thrillers del siglo XX

ESPECIAL/dobletinta

Por Gabriela Juárez González

Alrededor de 450 millones de habitantes en el mundo sufren de alguna enfermedad mental; sin embargo, éstas siguen siendo terriblemente tergiversadas por gente que no las padece, ya que no son visibles. El cine no sólo nos ha entretenido, también nos ha educado acerca de diversos temas, la enfermedad mental incluida. Lo que hemos aprendido, sin embargo, está muy lejos de la realidad: desde psycho-killers aterrorizando mujeres con cuchillos hasta carismáticos criminales con una extraordinaria historia que contar.

Si bien definir el concepto de enfermedad mental no es fácil, generalmente se acepta que es una perturbación del pensamiento, el comportamiento y la emoción, lo suficientemente grave para causar sufrimiento o una pobre capacidad de función ante las demandas de la vida. El estudio de la enfermedad mental es parte de la rama de la psicología anormal, donde el objeto es el individuo socialmente atípico.

Michel Foucalt, filósofo y teórico social francés, escribió un libro titulado Historia de la locura, donde narra la evolución del concepto que describe a un individuo fuera de las normas sociales: un anormal. Foucalt explica que, con el desarrollo de una descripción objetiva de la razón, la respuesta racional al anormal fue separarlo completamente de la sociedad al ser visto como un error moral que merecía ser castigado para revertir su comportamiento. El trabajo de Foucalt describe el origen de un fenómeno actual llamado estigma.

La cultura popular es la mayor fuente de estigma. El cine, por ejemplo, ha ayudado a comprender la realidad tras su capacidad de enmarcar aspectos concretos que de otro modo pasarían desapercibidos. Las películas de suspenso han jugado un papel importante en la cautela ante los enfermos mentales, haciendo uso de condiciones psicológicas para asustar y conmocionar. Cuando se trata de antagonistas humanos, las películas a menudo se preguntan si un acto de maldad puede ser cometido sin que el perpetrador sufra de algún padecimiento mental.

A inicios del siglo XX, la locura criminal era representada a través de monstruos cinematográficos que permanecen con nosotros 100 años después. El monstruo de Frankenstein (1930) comienza una ola de crímenes tras escapar del cautiverio. Esta película atribuye un instinto depravado a la biología, ya que, en la trama, el monstruo recibe un cerebro criminal en lugar del deseado “normal”. Al adoptar la narrativa del “cerebro degenerado”, la película fusiona la monstruosidad a la ciencia, idea que comenzó con el discurso del físico Cesare Lombroso, quien afirmaba que los criminales natos podían ser identificados a través de características físicas.

Drácula (1931) continúa con la descripción de Lombroso del rostro criminal. Sin embargo, el vampiro fue precursor de un subgrupo cuyos defectos intelectuales solo pueden ser discernidos por expertos: los moralmente dañados. Drácula no ataca impulsivamente a sus víctimas, sino que las seduce. Sin remordimiento alguno, siente gran placer al robarles la vitalidad. Se introdujo la imagen del psicópata, pero la representación de la psicopatía como una condición mental en lugar de sobrenatural no comenzó a dominar el cine hasta la década de los 50’s.

Psicosis (1960), dirigida por Alfred Hitchcock, cuenta la historia de Norman Bates, un joven aparentemente normal que toma la personalidad de su madre cuando no puede procesar su muerte, atacando a aquellos que la perturban. Lo que hizo la película tan impactante para el público de la época fue que alguien como Norman podía vivir a lado del espectador; la idea de que las personas con enfermedades mentales pudieran parecer tan agradables y comprensivas como cualquier persona “normal” resultaba aterradora.

No entendemos la profundidad de la locura de Bates hasta que un psiquiatra llamado Simon explica su conducta mediante el indicio de un diagnóstico psiquiátrico. Psicosis intenta humanizar lo que de otra manera parecería una atrocidad a través de la noción de que los locos están enfermos y pueden ser tratados, pero no podemos ignorar que el filme vincula le enfermedad mental con el peligro. Esto crea una fascinación que es obvia; la locura es algo que no todos entienden y le proporciona drama a un personaje.

Después de la década de 1960, la violencia criminal llegó a ser tratada como sádica e impredecible. Comenzando con La Masacre de Texas (1974) y Halloween (1978), la descripción de la locura tomó un giro revolucionario. Como para enfatizar una absoluta falta de humanidad, el criminal asumió la forma de un instrumento de asesinato sin rostro al adoptar la convención de ser enmascarado.

Al igual que otras películas del género, no se hace ningún esfuerzo por humanizar al psicópata. La única función del psiquiatra es afirmar científicamente la imposibilidad de curar la locura. Debido a que son incurables, los criminales son perpetuamente peligrosos y los procesos legales convencionales son incapaces de detenerlos. A principios de los 80, los thrillers de terror llenaron los cines. Los locos reinaban en la industria y establecían una fórmula a seguir: una brutal simplicidad de la misma narrativa, el mismo villano perturbado y la misma víctima inocente.

Lentamente, lo que comenzó con la demonización de los locos se ha convertido en un deseo por volverse anormal. Los personajes ya no son monstruos ni antropoides, sino individuos intimidantes y poderosos con un enfoque constante en la alta calidad de vida que una gran mente les ha dado. Poseen la capacidad de manipular a sus víctimas, alentando a muchos espectadores a idolatrarlos a pesar de que los crímenes que cometen estén lejos de ser añorados.

El Joker de The Dark Knight (2008) y más tarde Suicide Squad (2016) es un personaje ficticio considerado como el mejor villano de todos los tiempos. En The Dark Knight, el Joker es un brillante criminal sin otra agenda política que crear caos para su propia diversión. Tiene una capacidad intelectual tan excepcional que hace que las familias de la mafia se enfrenten unas a otras, y convierte al fiscal del distrito en una figura de terror. En Suicide Squad, este personaje también es un capo y un lunático con un poder inmenso que es impredecible y temido por otros.

Como si el retrato del cine de aquellos con enfermedades mentales no fuera lo suficientemente dañino, la enfermedad mental también ha sido brutalmente explotada como una atracción de Halloween. No sólo se han abierto múltiples casitas de terror bajo el concepto de hospital psiquiátrico, sino que basta con salir un 31 de octubre a las calles para corroborar la creencia de que una enfermedad mental, como un virus, puede convertir a alguien común en un monstruo asesino

Amazon.com y otras tiendas como Disfraces DePeli y Disfraces Pesadilla poseen un extenso catálogo de disfraces de Halloween populares como payasos, doctores, enfermeras y novias junto a las palabras “demente” y “chiflada”. Pero el problema llega al punto en el que disfraces llamados “camisa de fuerza para lunáticos”, “mujer loquita” y “esquizofrénico” son vendidos como túnicas blancas manchadas de sangre. Halloween, una oportunidad para tornarse en algo espeluznante, demuestra que aún le tememos a la enfermedad mental.

Michael Myers, Jason Voorhees, y por supuesto, El Joker, personajes que esconden la enfermedad mental tras la locura, han sido opciones populares entre los entusiastas del 31 de octubre. Incluso se ve a niños de 2 años disfrazarse de personajes que ni siquiera pueden ver en pantalla al ser tan jóvenes. Si parte de la emoción de Halloween es que, al ponerte un disfraz te conviertes en otra persona, ¿qué sucede cuando un niño se disfraza de alguien descrito como “un payaso psicópata, esquizofrénico y asesino”?

Los niños y adolescentes, el grupo de individuos más vulnerable a la influencia de los medios y el gusto por los disfraces, son los que refuerzan un comportamiento durante Halloween que parecen temer y rechazar el resto del año. La enfermedad mental, entonces, se convierte en un producto para ser consumido y luego descartado tan fácilmente como cambiarse un atuendo para aquellos que nunca han estado cerca de la locura en la vida real.

Y mientras los criminales ficticios y la locura son presentados como codiciables, los crímenes a sangre fría de asesinos en serie como Jorge Humberto “El Mata Novias” han sido cubiertos y reprobados por múltiples medios nacionales, permitiendo al espectador disfrutar sentimientos de atracción y repulsión. Leer sobre un asesino permite fantasear sobre ser una persona capaz de matar sin remordimiento, pero al mismo tiempo refleja una propia normalidad. Se puede mirar y decir “dios mío, este hombre está loco” y el mensaje implícito es “menos mal que yo soy tan normal”.

La psicopatía difiere de las enfermedades mentales en el sentido en que se tiene conciencia de lo que se hace, a diferencia de las personas que sufren de trastornos psicóticos. El cine ha vinculado ambos en un intento por contar historias sobre personajes que sucumben al mito cultural centrado en el mal, la violencia y el peligro. La realidad es que la mayoría de las personas con enfermedades mentales no aplican a estas características, y solo el 3% de los actos violentos se pueden atribuir a una enfermedad mental.

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