Retrovisor en dobletinta

Un dedazo muy acotado

Uno de los principales mitos que el regreso del PRI a Los Pinos tiró es el del Presidente puedelotodo.

La ilusión de que los mandatarios del PAN fueron incapaces de ejercer el poder del Ejecutivo Federal porque carecían del oficio político que da el gen priista, se estrelló con la realidad.

El propio presidente Felipe Calderón creía que su antecesor Vicente Fox había fallado en el ejercicio de las facultades constitucionales por su estilo personal y por haberle quitado seriedad a la investidura.

La emoción de que la silla del águila es todo poderosa también se diluyó para el panista michoacano cuando la guerra contra el narco, inicialmente aplaudida entre los grupos de poder y los medios, comenzó a revertírsele.

Es cierto que el presidente Enrique Peña optó por borrar de su lenguaje cualquier alusión al tema de la inseguridad y el narco.

Pero eso no fue suficiente. Porque los reflectores antes centrados en los ajustes de cuentas y la numeralia de las víctimas de la violencia criminal paulatinamente fueron centrándose en los escándalos de corrupción.

Las encuestas de cualquier firma señalan que la popularidad presidencial sigue a la baja.

Y sin embargo, los sondeos de opinión siguen dándole al PRI una mayoría que, sumada a los votos posibles del PVEM, le permite mantenerse a flote y en primer lugar a nivel nacional.

La estrategia política de sobrevivencia se torna relativamente exitosa si se le suma a la capacidad del gobierno peñista y de su partido para profundizar la división al interior de las fuerzas de oposición y entre ésta.

Esa es la ecuación que podría salvar al PRI en los comicios de este 5 de junio en 12 gubernaturas: muchos candidatos, izquierda dividida, panistas cooptados para que la jueguen de independientes.

Pero las mismas encuestas hacia el 2018 muestran que si bien el partido en el poder conserva un modesto 25 % a lo sumo de voto duro, éste se reduce cuando se trata de ventilar la simpatía hacia los candidatos presidenciables.

Y es aquí donde el presidencialismo que un día todo lo pudo, ahora se encuentra acotadísimo.

Porque a juzgar por los números, los candidatos presidenciables favoritos no son del PRI.

De manera que, hoy por hoy, las simpatías se concentran en Andrés Manuel López Obrador, seguro candidato de Morena y en la precandidata del PAN, Margarita Zavala.

Por si esto no fuera suficiente para limitar las posibilidades del presidente Peña en la definición del relevo, en el caso de los aspirantes priistas, el punteo se despegó ya bastante del resto.

Nos referimos al secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, que en todas las mediciones se encuentra muy por arriba de otros aspirantes como Luis Videgaray, titular de la SHCP; Aurelio Nuño, secretario de educación, y José Antonio Meade, de la Sedesol.

Esto pone en aprietos al presidente Peña porque estrecha los márgenes de acción para el diseño del método que en un futuro le permitiría designar a su sucesor.

Cómo impulsar una elección interna en el PRI a favor de sus cercanísimos, cuando los hechos muestran que entre la raza tricolor el bueno es Osorio Chong.

Para colmo de males, las encuestas que miden a los suspirantes priistas colocan en segundo lugar a Manlio Fabio Beltrones, dirigente del PRI, quien sin duda es un gran operador del peñismo pero de ninguna manera parte de sus cartas para 2018.

De manera que, estando las cosas como están, todo indica que el presidente Peña podría afrontar la misma suerte de sus antecesores.

Fox no pudo colocar a Santiago Creeel. Y Calderón no logró que la candidatura fuera para su delfín Ernesto Cordero.

La duda es si, de concretarse este escenario adverso, Peña tomará la lección foxista o la calderonista.

Es decir, si cerrará filas como lo hizo Fox con Calderón. O lo dejará a su suerte. Como lo hizo Calderón con Josefina Vázquez Mota.

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Ivonne Melgar