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Supera Corral a Anaya en el debate

Los panistas Javier Corral y Ricardo Anaya dieron un buen debate público, ambos en pos de la presidencia del PAN. Mostraron quién es quién.

Sin embargo, el «joven maravilla» decepcionó al evidenciar de más su edad frente a su experimentado contrincante. Con toda su apariencia juvenil, Anaya sonó a un arcaico político de la guerra fría o de la guerra sucia cuando usó -apostándole al proverbial conservadurismo pianista- todo su anticomunismo e intolerancia para relacionar a Corral con Fidel Castro o al comparar a su adversario con Andrés Manuel López Orador, el peligro para México.

Con toda su experiencia de tribuno, a Corral no le costó nada de trabajo evidencia su amplia superioridad intelectual sobre el joven Anaya. La paradoja fue que el joven sonaba a viejo y el más viejo se veía fresco. En el PAN, los cartones se emparejan.

El consorcio
La comparación con el Peje se la ganó Corral cuando dijo que Anaya era el candidato de un «cártel político» al que denominó «El Consorcio», además de que opinó que a su joven adversario se le habían hinchado las manos de tanto aplaudirle a Peña Nieto y las reformas del Pacto por México. A Anaya lo del «Consorcio» le sonó, seguramente con razón, a la «Mafia del poder» tantas veces denunciadas por el de Macuspana.

Extradición, así no se puede
El hecho de que ahora sí sea posible extraditar a El Chapo a Estados Unidos -en el remoto caso de que fuese detenido- no es, en rigor, una buena noticia para este país.

Ayer se informó que la Procuraduría general de la República obtuvo de parte de un juez federal una orden de detención provisional, con fines de extradición, contra Joaquín, «El Chapo» Guzmán, quien se fugó el pasado 11 de julio del Centro de Readaptación Social 1, El Altiplano.

La decisión del juez -haya sido libre o luego de una consulta en las alturas- es a querer o no la aceptación de la incapacidad del Estado mexicano -por ineptitud, debilidad y/o corrupción- para castigar a sus delincuentes mayores. Lejos queda el orgulloso grito mexicano «sí-se-puede», que ahora es remplazado por un reiterado «no-po-demos».

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